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24h

A las 6:00 salgo de la cama. Tengo que ir de mala gana a la oficina a cambiar el ordenador. El disco duro colapsó y está en juego el teletrabajo.

50 km de bus. Atasco en la A6. No recupero el sueño. Todavía resuena el choque con el jefe del día anterior. Tengo el don de llevarme mal con los que me pueden joder, sean uno de cien.

El microinformático majo entrega el nuevo configurado. El lunes no veré a ningún malencarado. 50 km de bus sesteando con el portátil entre las piernas.

Como un kilo de espaguetis. Se avecina concierto de Buzzcocks.

Vuelta a Madrid. No más bus. Si conduzco no podré beber. Opto por el tren. Anuncian demoras en la estación. 50 km de bus sauna.

En Moncloa, pillo una Voll-Damm y voy al encuentro del Príncipe de Montserrat. Destenso el día escuchando música y dando tragos. Hemos quedado en Argüelles. Viene desde San Bernardo. Meo en los servicios de El Corte Inglés de Princesa. Los mejores aseos gratuitos de la ciudad: sin mirones que te corten el chorro.

No veo al Príncipe. Sí a dos mujeres me miran con gesto raro. El cabrón vive a un kilómetro y le gano en puntualidad. Espero sentado en una horquilla en la intersección de Alberto Aguilera con Serrano Jover. Le corto el paso cuando aparece. Se empeña en pagar la entrada que le regalé.

Comemos medio bocadillo de chistorra en un pequeño bar barato. El Príncipe maldice al manager. Yo despotrico contra el jefe. Nos vamos al concierto.

Conozco la Sala Mon. Poca gente, solo Alfredo Duro en las alturas. Los asistentes apuran sus bebidas afuera. Llenan la sala a última hora. Buzzcocks saludan al son de Also sprach Zarathustra.

Regular comienzo de concierto. Sonido enlatado, mal mezclado; el bombo tragándose al bajo. La cerveza del fondo del barril araña el estómago.

En la pista muchos no se han quitado el cinturón de seguridad. Lanzaría el vaso para regarlos. Predomina peña veterana, salvo un par de inalcanzables veinteañeras. Entre nosotros se interpone una madura; su hijo me saluda desde el salvapantallas

—Igual que en el Ministerio —le digo al Príncipe de Montserrat.

Mantengo la fe en Steve Diggle. Me anima mucho su desenfadada energía a los setenta. La maquinaria se va engrasando o el oído acostumbrando.

El pop punk entra en vena. Giro sobre mí mismo. Alguien me empuja. La gente se enciende. Soy la diana. No dan tregua, aunque pare siguen buscando mi espalda. Estiro el brazo hacia Steve Diggle. Él extiende el suyo. Falta un milímetro. Las veinteañeras no juegan a los choques tribales. El Príncipe atrincherado en las filas traseras.

Buzzcocks se despiden disparando potentes efectos delay. Termino embebido en su sonido, reforzado tras las idas y venidas del día.

Todos se piran sin ningún comentario ni apretón de manos. El Príncipe de Montserrat responde escueto y frío:

—Me aparté. Ya no tengo cuerpo.
—Yo empecé el pogo.
—Sí.

Toca secarse el sudor, saborear sensaciones, pero ningún garito el del agrado del Príncipe. Cruzamos Gaztambide y Malasaña hablando de edificios. Llegamos al Wurlitzer Ballroom de Gran Vía. Apenas hay gente y la música suena fatal. ¿Altavoces rotos? Dirán que es distorsión. Conversaciones afónicas. El Príncipe cuenta de nuevo cómo conoció a su novia, la relación a distancia. Se desmarca de su propia victoria confesando que terminará solo y viejo en un asilo. Buzzcocks difuminados.

Alguna infructuosa intentona por Malasaña. Estamos despidiéndonos cuando un transexual nos capta para ir a Alcatraz, un pasillo inhabitable en el que conviene estar asegurado por si te rozas con el portero. El Príncipe de Montserrat vive en el barrio; yo me dejo llevar. Está semivacío, pero hemos pagado una entrada de 15€ que incluye dos consumiciones. Él baila reguetón contento de no pensar en nada. Miro en la pared de espejos sin escupir a mi reflejo. Termino la bebida y me largo.

—Me fui quince minutos después de ti —dirá el Príncipe, como otras veces.

Un grupo bloquea la salida. Una chica pide una copa. Sus amigos me dan la mano. Rehuyó el contacto por temor a ser mono de feria. No creo que comprendan mis altibajos.

Faltan dos horas y media para el siguiente bus. Compro un medio de cerveza fuerte. Me dirijo hacía Sol.

Meses de autocuidado. Menos pudor de cintura. Meo en una esquina de Montera sin urgencia aparente. Al otro lado de la calle, una latina ajustada en violeta hace señas. Titubeo. Me llama «pecho frío». Entro al trapo. Demasiado tiempo contenido. Solo francés. Saco dinero del cajero.

La puerta del portal es muy pesada, como si su grosor fuera proporcional a la moral que se deja fuera. Pago y espero en un cuarto varios minutos no nerviosos por la priva ingerida. Cuando ella vuelve, reclama un bonus. Hurgo en los bolsillos con torpeza; solo noto cascos, tarjetas y pañuelos. Me regaña, mete mano y saltan dos billetes de cinco euros muy doblados.

Trabaja mi clímax. La tengo al 65%. No doy más de sí: 150 kilómetros, pogo y alcohol. Exige más pasta. No protesto. 50€ +10€ por unos minutos. En mi estado, correrme con esta tía costará una fortuna. Sentada en la cama, embutida en su malla. Digo algún cumplido en un patético intento de atribuirme valor.

Le pido un beso como única compensación. Acerco mi boca. Lo permite. Vuelve a la carga con el dinero. Se baja el top como reclamo. Palpo sus pechos. Había olvidado su cuerpo, su desnudez. No hay nada más que hacer. Me despido y salgo del cuarto. Ella se queda dentro.

Segundos ansiosos en el portal hasta que localizo el interruptor que libera la puerta blindada. Inventario de daños: no me han robado ni apaleado. Camino rápido, apenas 20 minutos para que salga el bus.

Soy interceptado por una pareja de chicas guapas en Callao. Una tira de la otra, que se sorprende del arrojo de su compañera.

— ¿Quieres follar? ¿Te gusta mi amiga?

Una proposición de mayor caché cuando ya voy falto de tiempo, energía y desvergüenza. La latina fue una advertencia. Rasco por encima; proceden de Carabanchel. ¿Necesidad o dinero extra? No son la silueta habitual de los umbrales. Les halago y continuo mi trayecto, contrariado acerca de su motivación.

Coincido en la parada del bus con una persona causante de preocupaciones y tristezas. Va tranquilo, sobrio. Nos sentamos juntos. Últimos 50 km. Repaso vídeos y fotos del concierto de Buzzcocks.

Llego a casa a las 6:00. Entro en la cama.

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