Aliados
El escenario exhala humo rojo. Morrissey interpreta Jack the Ripper bajo el puño del reverendo Harry Powell. Relucen los galones melómanos del Príncipe de Montserrat. Su colega baila de brazos cruzados. Hacemos piña brincando. Diapositivas de cine clásico, Kerouac y un ojo de diamante. Ya soy un Mozzer.
Paseo con el Príncipe. Él se desvía en el cruce de Alberto Aguilera y Conde Duque, donde vimos a los campeones del Mundial. Yo aún debo ir a pata hasta Ciudad Universitaria y conducir por una calmada A6.
El reloj marca la medianoche. Me apetece un batido de Five Guys. «No atendemos más pedidos» antes de que lo seleccione en el panel táctil.
Rozo a una mulata inmóvil. Mi espectro la folla en un bajo o almacén colindante.
Desprendo una estela de aroma ahumado. El vampiro se desentumece. Ignoro la llamada. No sería menos solitario dentro del remolino urbano, como miembro de una banda o aferrado a una dama.
Acuso la falta de aliados. Mediadores de defectos que desbaratan sabotajes. Aquellos cuyo aprecio sobrevuela los incendios.
Segundo intento dulce: Maxibom congelado del chino.
La enésima foto contrapicada del faro de Moncloa. Están asfaltando la A6. El GPS indica «dirígete a la avenida Séneca».