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Del Primavera a La Riviera

No iba a ir al Primavera Sound de Madrid. Ni Blur era aliciente para bajar a un erial de Arganda del Rey. Los vería en Wembley.

Transcurridos unos días, sucumbí y compré las entradas ante circunstancias inquietantes: 2:05 AM, transporte limitado y mal tiempo.

Alguna vez soñé con Blur tocando en las fiestas de mi pueblo. «De madrugada en Arganda lloviendo... Hasta que no esté allí no me lo creo» pensé.

La lluvia me despertó del sueño. Recibí una notificación:

LA JORNADA DEL DÍA 8 CANCELADA POR FENÓMENOS METEOROLÓGICOS ADVERSOS

Tenía Wembley en el horizonte. Me acosté contrariado.

A la mañana siguiente, desayuné un bombazo:

BLUR ACTUARÁN EN LA RIVIERA. ENTRADAS DISPONIBLES A LAS 16:00 EN LA APLICACIÓN OFICIAL. POR ORDEN DE LLEGADA. UNA POR PERSONA

Te devolvían el dinero si no asistías a otra jornada del festival. De la cancelación al tesoro más preciado: en sala y gratis.

A la hora indicada sincronizaba el reloj con Greenwich y actualizaba compulsivamente en la habitación del router. La aplicación se ralentizaba, atascaba, amagaba, cargaba…

ENTRADA ADQUIRIDA. APERTURA DE PUERTAS 19:00h

Fui el único de mis amigos. Volaron en un minuto. Iba a ver a Blur en La Riviera veinte años después. ¿Cuántos asistentes irían acompañados?

El Paseo de la Virgen del Puerto era mi autopista al cielo. Los creyentes seguían actualizando sus móviles suspirando por un lote de última hora. Entré en La Riviera.

Me aproximé al escenario con un mini en la mano. Ya había un bloque compacto de doce filas esperando. Avanzaría posiciones por los extremos.

A mi izquierda, una mujer de rictus serio, gafas de pasta y labios rojos. Brazos cruzados. Tanteé el terreno.

—Menuda sorpresa después de la cancelación, ¿no?
—I don’t speak spanish.
—What a surprise to be here. Where are you from?
—Turkey.

Sonreí y esperé unos minutos. No dijo nada.

Pregunté a una chica de rizos castaños si le costó mucho conseguir las entradas. Era argentina e iba con otras amigas. Me presenté y les di dos besos. Seguían el rollo sin entusiasmo.

Faltaban pocos minutos para el inicio. Hablé a un mochilero de barba poblada por cuatro pelos. Llevaba una camiseta naranja exclusiva de la gira. Permanecí a su lado.

Tras grabar un video, miré WhatsApp. Mis amigos consiguieron entrar. Fui a buscarlos. No los encontré. Quedé colgado fuera de la marabunta, junto al puesto de merchandising. Con descaro regresé al punto de partida haciendo contorsionismo y esquivando codazos. Bailé y canté sudando tanto como Damon.

Durante Sing reviví el mismo momento y lugar dos décadas atrás en el tour de Think Tank.

Alcancé las primeras filas aupado por el pogo de Song 2. Un tío con barba y gorra hizo de liebre. Presionamos un poco y los de delante se apartaron.

En Girls & Boys me exprimí al máximo. La audiencia ardía. Saltaba pegado a dos rubias conteniendo las embestidas de las filas traseras. En el intervalo les enseñé el mensaje de mis amigos. Las rubias mostraron sus pulgares hacia arriba.

El show concluyó con The Universal. «Well, here's your lucky day». Los seguidores se disputaban tracklists, baquetas o púas. Todo lo que dejasen los pipas.

La masa se dispersó. Me apoyé empapado en la valla.