Ex Pemex sin Tex-Mex
Mensaje de mi primo el político: «Voy a Madrid. ¿Sales?». «Sube al tren de las 22:15».
Acudo al encuentro por no quedarme en casa. De camino a la estación recuerdo uno de sus lemas: «Si no estás casado, no es infidelidad».
Tomamos unas birras en el vagón y hablamos de temas familiares. Indago en los asuntos polémicos.
—¿Por qué lo destituyeron?
—No te lo puedo decir.
Bajamos en Atocha. Cogemos el metro hacia Sol.
La calle Montera huele a carne frita. Empezamos la noche donde otros la acaban. Entramos a un bar. En la barra una hilera de hamburguesas de rancho. Comemos unas patatas bravas del diablo.
—Uff... pica. Cuidado... uff, ya te digo si pica —con los ojos vidriosos.
—No pica —comenta alguien a mi espalda— pero las tapas están ricas.
Me doy la vuelta. Es un hombre grueso con la cabeza rapada llena de surcos y vestimenta negra. Su acento delata una tolerancia innata al picante.
—Viendo cómo respira la ciudad. No tenía nada que hacer en el hotel.
Afirma haber trabajado en Pemex. No guarda buen recuerdo. Dice conocer a personajes ilustres. Mi primo se interesa por las perforaciones. Promociona su circunscripción. Le anima a acompañarnos.
Los tres nos echamos a la calle. Vamos a una taberna taurina de la Carrera de San Jerónimo atraídos por sus grifos. Hablamos de tauromaquia entre carteles ajados, azulejos talaveranos y cabezas disecadas.
—¿Y tú qué opinas de los toros? La Monumental es la plaza más grande del mundo.
—Hay que tener mucho valor para arriesgarse a recibir una cornada rectal de quince centímetros —responde muy serio.
En la calle del Príncipe, nos invitan a un garito de rap y funk. La cabeza rapada activa el modo combativo:
—En todas partes el veneno globalista.
—¿A qué te refieres?
—La música, las películas, los libros… La cultura de masas formatea cerebros.
—¿Sí?
—Todo es control mental. Todo porquería subliminal.
Intuía ciudades atestadas de símbolos masónicos. No asimilaba a mis ídolos cómplices de un complot global.
A mi primo nada le importa, inmerso en sus tácticas amorosas.
—¿El Tex-Mex también es parte del plan?
—¡Pendejo! Todo lo que pones en la estantería es programación remota.
Más tarde, calor febril y jarrones tambaleándose en un pub oriental con exceso de aforo. Un borracho pega cabezazos a un gong. El de los surcos desclasifica expedientes bélicos:
—Las bombas afrodisiacas para volver gays a las tropas enemigas. Planeaban lanzarlas en Vietnam. Lennon sabía algo y por eso dijo «Haz el amor y no la guerra».
Cierran el pub y decidimos dónde ir. Sugiero sin éxito un sitio alternativo para esquivar el trance de la pista de baile.
—El Sol pilla cerca y…
—No más salas de gente rara. Vamos al Joy Eslava —zanja mi primo.
En la platea del teatro-discoteca, flanqueado por cuatro gogós, bailo desganado Dance Pop. Mi primo triunfa. Se lleva a la más guapa y al banquillo suplente. Yo disimulo. Sujeto un cartel imaginario: «Busco…».
El inmune al picante exige un poco de glamour.
—Pide una botella de Moët & Chandon.
—Es muy caro.
Me entretengo contradiciendo sus soflamas. Esta vez no salta. Zumbo a su alrededor.
Entonces me agarra de golpe, junta su frente con la mía y me clava los ojos. Cuando creo que me va a golpear, grita al oído el único mensaje que debía entender:
—David, eres un buen chico y me caes bien, pero… ¡¡¡ESPABILA!!!
No parpadeo, como si hubiera escuchado una clave MKUltra. El efecto dura pocos segundos. Elijo negar la verdad incómoda: «Pobre pirado».