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Ex Pemex sin Tex-Mex

Mensaje de mi primo el político: «Sube al tren de las 22:15».

Quedarse en casa o ir a rebufo. Él tiene un imán para atraer gente.

Yendo a la estación recuerdo uno de sus lemas: «Si no estás casado, no es infidelidad». A veces ejerce de hermano mayor, otras soy su sparring.

Lo encuentro en el tercer vagón. Traigo un pack de cervezas. Nos ponemos al día. Indago en asuntos polémicos.

—¿Por qué lo destituyeron?
—No te lo puedo decir.

Estación de Atocha. Conectamos con el metro a través de un corredor gris impropio de una noche ociosa. Directos a Sol.

Una hilera de hamburguesas de rancho en la barra de un bar de Montera. Comemos unas patatas bravas del diablo.

—Uff... pica.
—No pica —comentan a mi espalda—. Las tapas están ricas.

Es un hombre grueso con la cabeza rapada llena de surcos y vestimenta negra. Su acento delata una tolerancia innata al picante.

—Viendo cómo respira la ciudad. No había nada que hacer en el hotel.

Afirma haber trabajado en Pemex, aunque no guarda buen recuerdo. Dice conocer a personajes ilustres. Mi primo promociona su circunscripción interesado en perforaciones. Le invita a acompañarnos. Los tres nos echamos a la calle.

Cerca del Congreso, hablamos de tauromaquia en una taberna presidida por cabezas disecadas.

—¿Qué opinas de los toros? La Monumental es la plaza más grande del mundo.
—Hay que tener mucho valor para arriesgarse a recibir una cornada rectal de quince centímetros —responde muy serio.

Rasca y gana en Huertas. De pub en pub. La cabeza rapada avisa:

—Los monolitos, las estatuas, los números. Estamos inmersos en un embrujo cabalístico.

A mi primo no le preocupa, inmerso en tácticas amorosas.

—¿El Tex-Mex también es parte del plan? —contrataco.
—Pendejo, tu estantería es programación remota.

El de los surcos sorbe un volcán humeante de la coctelería hawaiana de Santa Ana. Desclasifica expedientes bélicos:

—Las bombas afrodisiacas para volver gays a las tropas enemigas. Planeaban lanzarlas en el frente del Pacífico de la Segunda Guerra Mundial.

Cierran los garitos. Incómodo en discotecas pachangueras, sugiero un sitio alternativo.

—El Sol queda cerca y…
—Salas raras no. Mejor Joy Eslava —zanja mi primo.

Bailo desganado Dance Pop en la platea flanqueado por cuatro gogos. Mi primo triunfa, se lleva a la más guapa y al banquillo suplente. Yo disimulo ante mí y ante todos.

El inmune al picante demanda un poco de glamour.

—Pide una botella de Moët & Chandon.

Me entretengo contradiciendo sus soflamas. No reacciona. Zumbo alrededor. Entonces me agarra de golpe, junta su frente con la mía y me clava los ojos. Cuando creo que me va a golpear, grita al oído el único mensaje que debía entender:

—David, eres un buen chico y me caes bien, pero… ¡ESPABILA!

Pienso condescendiente «Pobre pirado».

Amanezco sonámbulo.

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