Las placas
Hoy estoy solo en la oficina. Los vigilantes saludan con efusividad. Nunca usan el detector de metales.
Un operario manipula el armario eléctrico. Cuando lo cierra se sueltan varias placas del techo. Sobre mi asiento no hay ninguna, cuelga una tubería negra. Si llueve oigo el agua caer.
No entra demasiada luz en la planta en L. Solo el ala oeste cuenta con ventanas, que dan a un patio interior del gusto de suicidas discretos. Cuando me asomo, me asombro de la profundidad.
Salgo a desayunar. A la vuelta entrego al vigilante el paquete de Camel que me encargó y de regalo unos puritos de sabores. «Vamos fuera a probarlos». No fumo. Doy un par de caladas.
Sentado en el despacho. Abro LinkedIn con recelo y los músculos prietos. Ese acuario de peces globo.
Recorro los escritorios del departamento. Mi cadera rebota contra la silla femenina. Giro fluido en los puestos afines. Bruscas torsiones por el área veterana. Golpes al aire frente a la mesa del jefe.
Con la luz apagada la naturaleza artificial de leds centelleantes toma el espacio.
Me tumbo en el suelo frente a las placas desalineadas del techo.