No enciendas la luz
De pequeño jugaba con los Playmobil vaqueros en una amplia habitación del sótano, cuya única ventana daba al garaje. Procuraba no fijarme demasiado, pues temía la aparición de un rostro amenazante asomándose. Lo olvidaba rápido reactivando el juego, no fuera que la obsesión invocase a Candyman.
Los programas de sucesos que hablaban de violentos ladrones de casas: «El criminal es tan delgado que se cuela entre los barrotes», el terror a sus retratos robot y la soledad ante aquel ventanuco alargado alimentaban mi desasosiego.
El pasillo conectaba con el lugar más oscuro de la casa: un trastero ataúd. «Nada agradable ocurriría allí abajo de madrugada» pensaba dos plantas por encima desde la cama. Ese cuarto tan aislado sería una puerta al inframundo.
Veo invertida la habitación del sótano. No juego. Nadie se cuela por la ventana. Se va la luz. Oigo una risa tenebrosa acercarse. Me rodea una ráfaga de cosquillas. Abro los ojos y en la ceguera del dormitorio estiro el brazo para huir de las tinieblas. Justo en el instante en el que el dedo índice va a presionar el pulsador, una mano aprieta mi muñeca. Al cabo de medio minuto, libera el brazo y consigo accionar el interruptor.
La pesadilla estuvo en antena varias temporadas. La mano volvía en los especiales de verano y Nochevieja. En la edad de no cuestionar, solo experimentar. Cuando ya estaba en condiciones de echarle un pulso, desapareció. Y con ello, el miedo a la oscuridad, mutando en un noctámbulo blanco nuclear.